Universidad Nacional de Ingeniería atraviesa una crisis que ya no es solo administrativa ni política: es simbólica. La reciente invitación del pabellón central a “Miss Sonsita” para un evento institucional no es un hecho aislado ni anecdótico; es el síntoma visible de una universidad que ha comenzado a medir su relevancia en likes, reacciones y exposición digital, en lugar de producción científica, debate académico o liderazgo intelectual.
No se trata de moralismo ni de purismo académico. Se trata de identidad. Cuando la principal universidad tecnológica del país busca validación en la lógica del entretenimiento viral, lo que revela no es apertura, sino vacío. Una institución que fue referencia en ingeniería, investigación y rigor técnico hoy compite en el terreno de la superficialidad.
Se terminó la representación estudiantil
Los representantes estudiantiles han dejado de representar. No informan, no hacen bajadas a salones, no rinden cuentas. La política universitaria se ha convertido en una dinámica cerrada, endogámica, donde la comunicación con el estudiante promedio prácticamente ha desaparecido.
El legado del exrector Alfonso López Chau no es solo serán dos rectores; sino es la normalización del clientelismo como forma de “representación”. La lógica dejó de ser académica y pasó a ser municipal: favores, alineamientos, operadores, silencios estratégicos.
La universidad como trampolín
Era previsible que varios de quienes encabezaron la presión para lograr la renuncia del rector hoy aparezcan como candidatos al Congreso o al Senado. ¿Realmente sorprende? La pregunta incómoda es otra: ¿ya aceptamos que la universidad puede ser utilizada como trampolín político?
Lo más preocupante es que esta lógica ya no genera escándalo. Se ha normalizado. Primero representantes estudiantiles, luego militantes, después beneficiarios de visibilidad pública, y finalmente candidatos.
La universidad deja de ser espacio de formación crítica y se convierte en plataforma de carrera política. Y por su puesto, la calidad de educación se paga con influencers, viajes, ferias de comidas y mucho circo.
Una universidad municipalizada
La UNI se parece cada vez más a un municipio: un alcalde todo poderoso que busca postular al congreso o a la presidencia, regidores y familias de regidores buscando su tajada, direccionamiento de proveedores, órdenes de servicio a familiares, operadores con agenda propia, decisiones tomadas en círculos cerrados.
Y mientras la calidad de educación empeora.
Una generación que no estuvo a la altura
Lo más duro es admitir que esto es, el legado de la generación 1980–2000 de docentes UNI que hoy ocupa espacios de poder. Ellos heredaron una universidad con prestigio, identidad técnica clara y reconocimiento nacional.
Lo que han consolidado es una institución atrapada en dinámicas políticas pequeñas, en luchas internas y en la búsqueda constante de validación superficial.
El onanismo intelectual de decir “la UNI es la UNI”, mientras con sus decisiones y apetitos políticos, destruyen cada día más a la universidad.
La UNI 2026 es un meme. No debería serlo.
Y eso no da risa.

